martes, 29 de noviembre de 2011

Una palabra tuya


De todos los textos sagrados el que más me impactó siempre fue ese que pronuncia Jesús: "Una palabra tuya bastará para sanarme". Hace unos días me la recordaba una amiga, y siempre regresa a mi esa expresión de demanda y de esperanza como una de las definiciones más radicales del valor de la palabra como un instrumento de ayuda, de comunicación, de afecto. Es como el agua para el que padece sed, como la sangre para el que la pierde, como el alimento para el que pasa hambre. De todas las cosas tan serias que tiene la vida, la palabra es la más seria, la que confirma o desmiente los sentimientos; la mirada es la primera palabra, pero la palabra la tiene que reafirmar. El silencio es hermoso, grande, íntimo, pero una palabra, una palabra tan solo, puede abrazar o destrozar, puede levantarte a lo más alto o hundirte en lo más hondo, como decía Kipling en If. La palabra no es privada, es pública siempre, hiere o cura, no puede utilizarse como si fuera una bala porque en efecto es una bala, o al menos se tiene que tener constancia de que es una bala cuando se quiere utilizar como una bala. Si llega a su objetivo y hiere es tan fatal como un arma. La poesía es un arma, decía Celaya; la palabra es un arma que tiene dos filos. Dicha con generosidad y conciencia de su valor, una palabra tuya bastará para sanarme sí; pero si la palabra no nace para sanar puede hacer un daño incalculable. Por eso me preguntaba ayer: cuando hay una inquietud, ¿qué hay más en la mente, imágenes o palabras? Las palabras son preguntas, siempre, no hay una sola palabra que tenga su respuesta en sí misma. Y cada pregunta es una inquietud. La imagen es la memoria; hasta que no se dice, con palabras, sólo existe como la niebla, haciéndose. Y cuando se hace palabra, suena, es constante, te lleva a un sentimiento o a otro.
JUAN CRUZ (EL PAÍS)

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