martes, 8 de enero de 2013

Dispara cariño, dispara


Un día te darás cuenta que nunca nos perdimos,
simplemente nos dejamos vencer.
Y será tarde.


Una bala,
rebota en la pared,
peina el aire con un silbido,
rompe una farola,
y dos macetas de la plaza mayor,
esquiva a la multitud sutilmente,
se coloca en mitad de tu camino
y te da justo en el centro del cerebro.
A ti, que solo pasabas por allí.
Eso es el amor.


Y nosotros, hemos salido ilesos
a pesar de que lo nuestro más que azar
fue un suicidio.

Que nos miramos de frente y de perfil
como en una película del oeste
y descargamos nuestros ojos sin piedad.
Tú en los míos
y yo en tus tetas.


Pero nos dejamos vencer porque el miedo
sabe más de desamor que el diccionario.


Ahora somos las mentiras de un borracho,
la caída de una nena en bicicleta,
ahora estamos enseñando matemáticas,
a un cerebro que nos niega cualquier suma
que no de por resultado nuestros nombres.


Pero es tarde.
Para un reloj cuya alarma dejo de sonar
porque preferimos seguir soñándonos
a despertar y contemplar
que quizás ya,
no nos estábamos esperando.


Hoy es agosto todo el día,
pensaba en ti,
tenía esa sensación extraña que me visita a veces,
ya tú la conoces esa de necesitarte
y arrancarnos la ropa a mordiscos,
la piel a lametones.

Esa en la que te tumbas en la cama
y yo desde el escritorio,
te leo un poema donde sales tan desnuda,
que te follan todas mis palabras
en posturas que aún ni conocías.
Esa en la que en un beso,
conseguíamos que el telediario nos resultara cómico.
Y la vida un baile.


Y por un momento,
un instante de esos que resultan eternos,
he querido pasar por allí,
por donde estés,
en cualquier sitio,
así al azar ya sabes
y que una bala con tus dos apellidos
me atraviese otra vez la piel,
como un suicidio.


Aunque sea tarde. 


ERNESTO PÉREZ VALLEJO

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