lunes, 14 de enero de 2013

Para que el corazón te suene como una cajita de música...




Tú y yo somos héroes a nuestra manera
y nos salvamos el uno al otro
de las rutinas diarias.


No saldremos jamás en las noticias
por hacer el amor al ritmo del centrifugado,
ni por comernos a besos en los ascensores,
no seremos portada de los periódicos
por salvar a una arañita en el lavabo
o ensuciar la alfombra con nuestros fluidos,
pero seremos nuestros
y un nosotros
y seremos un plural de dos mitades
que hará de cada historia cotidiana
una fiesta reservada a nuestro idioma.

Tú, que eres la única guerra justa que conozco,
con esa lencería de asesinar erecciones nocturnas
y esa boca de acabar con la paz de las sobremesas,
con tres orgasmos en la recámara
y una granada en el coño
a un solo click de explotarme en la garganta.

Tengo de rehén a tu Nancy miope
y un peluche que quiso ser koala
pero nunca pasó de ser un ratón extraño.

Y te los cambio por tu vida.

Que no importa que de esta lucha cuerpo a cuerpo
nos salgan niños obesos,
ni colegialas enamoradas del profesor de química,
que ignoro si nuestro primer bache emocional
será en los pasillos del Ikea
y nuestro primer beso sin lengua
será el principio de un fin
al que llaman compromiso.

Estoy listo para poner mi cuerpo en los raíles
si es tu tren el que me pasa por encima.

El desamor no es otra cosa
que aguardar en la estación de la esperanza
el viaje de tu vida.


Y he metido el cepillo de dientes en el equipaje.

Porque el amor son dos cepillos de dientes
besándose en un mismo vaso.

Estoy dispuesto a levantar la tapa
todos los días de mi vida,
a amarte en la pobreza y en la miseria,
en mis migrañas y en tus ataques de lumbalgia,
hasta que una negrita de ojos verdes nos separe.

Me hablas de estrías y varices
y yo sólo veo un decorado perfecto de la belleza,
una imagen que existía en mi cerebro antes de ti,
porque antes de que tu no fueras nada ya eras mía
y ahora que eres todo,
rebotas por dentro de mi piel
haciéndole cosquillas al fracaso.


Enseñándome el yo
que me reniegan los espejos.

Te amo.

Como se aman los imposibles,
o un póster de Rita Hayworth sobre mi escritorio,
del mismo modo que se ama al mar en pleno bosque,
similar a como aman los taxistas
una excursión de turistas japoneses.

Como se aman dos adolescentes
a la oscuridad de la única farola fundida de la calle.
Así te amo.

Te quiero.

Como se quieren las casas con piscinas,
como quieren los perros a sus amos,
igual que un niño quiere un chocolate,
o un hombre a la mujer de su enemigo.

Como se quieren dos lesbianas
por debajo de la mesa de un restaurante.
Así te quiero.


O quizás más.


ERNESTO PÉREZ VALLEJO

 


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