domingo, 3 de febrero de 2013

Cuando ya no te quiera te llamaré cariño o No escribo todo lo que siento ni siento todo lo que escribo, pero me siento cuando escribo, pa' no cansarme



 
Lo que realmente mantiene vivo al amor es el miedo,
el miedo a perderlo,
cuando ya no hay miedo,
tampoco queda amor.

Sobrevive el cariño claro,
ese animal de orejas enormes
que se revuelca por el suelo
y ladra cuando quiere una galleta.

Y es que estar enamorado es la única enfermedad
que se cura con el contacto físico.

La primera vez que dices te quiero,
te condenas sin saberlo a reiterarte el resto de tu vida,
hasta que las propias palabras pierden su verdadero significado
aunque que le cambies el idioma.

Es triste pensar que los bares de putas
se llenan de hombres que han dicho te quiero esa misma mañana.

La fidelidad es como lanzar una piedra al mar
y esperar sentado a que flote.

El océano esta repleto
de barcos hundidos que pensaron que podían navegar felizmente
y chocaron con esa roca que todos lanzamos alguna vez
jurando en la existencia del para siempre.

Pero cuando se acaba el siempre,
comienza el nunca.

No somos más que el estribillo de una canción de verano
que recordamos entre la nostalgia
y el alivio de que ese ritmo
no vuelva a golpearnos la cabeza.

Y lo cierto que lo que más echo de menos,
es no echarte más de menos.

Cuando el corazón no latía por inercia
y había música dentro y fuera del pecho,
bailábamos sin tropezar con los pies
flotando en el aire,
nuestros cuerpos eran como de goma
y rebotaban por la casa
como pelotitas de colores que conocen
el lugar exacto donde chocar,
donde imantarse
y lamerse los arcoiris
la una a la otra,
hasta borrar la luz
en un off
que se parece a la vida
cuando la vida no te pertenece del todo
y es a medias.

Como el último cigarro de un paquete.

Hay humo,
es lo que queda del fuego,
palabras estiradas a conciencia
diminutivos absurdos taladrando mariposas,
que olvidan el arte de volar
y se posan en el cerebro a hacer un nido,
de rutina.

En el salón se oyen ladridos,
alguien con la boca llena de galletas,
posa sus labios en otros labios,
suavemente,
dejando al miedo bostezar en el sofá
poco antes de su sueño eterno. 

ERNESTO PÉREZ VALLEJO
 

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