martes, 11 de febrero de 2014

Para no tener miedo...



El día que tus labios se transformaron en una pregunta decidí esconderme en el hueco de tu clavícula para no tener miedo. Porque desde allí no tenía que aguantar el frío que había inundado tus ojos, porque desde allí no podías verme cuando mirabas hacia tu ombligo.
 
Aunque estábamos en mayo, cuando me quise dar cuenta, había nevado dentro del salón de casa y te habías puesto una bufanda muy gruesa con la que no podía respirar cerca de tu cuello. Me pasé noches apuntalando a escondidas todas las puertas y ventanas mientras dormías pero tenía tan poca fuerza que siempre me quedaba algún resquicio por el que entraba un viento que silbaba taladrando mis oídos.
 
Para no tener miedo (de ti) me hice experta en jugar a ser invisible viviendo acurrucada bajo tu cuello. Mis huesos se habían vuelto transparentes para que pudieras mirar a través de ellos y había borrado mis huellas dactilares para no reconocerme.
 
De pequeña me dijeron que los monstruos vivían debajo de mi cama así que, para no tener miedo, yo metí a los míos dentro...


NOEMÍ VICO GARCÍA

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