miércoles, 30 de abril de 2014

34 cafés


 
 


Esta mañana, con las prisas, derramé el café del desayuno sobre mi móvil. En el fondo me alegró esta nueva situación, llevaba días sin dormir con las alertas, los mails, las alarmas, los “me gusta”, las luces de la pantalla, los contactos… Necesitaba ya el silencio de mi torpeza.

Con esta sensación de que me faltaba algo, recorrí los pasillos del metro mirando al frente y me di cuenta de que hacía tiempo que no miraba de verdad a mi alrededor. De repente, una voz metálica sonó a mis espaldas:

 - Próxima estación: Usera

Inmediatamente, un escalofrío me recorrió el cuerpo de arriba hacia abajo porque, aunque forma parte de mi recorrido diario, no había caído en que allí nos dimos el primer beso. ¿Cómo no me había dado cuenta antes?

Siempre me fascinaron los caprichos de la memoria y su afán por guardar la primera muestra de cada historia. Quizás lo que venga después no sea tan importante. Me recuerda a aquellas viejas cámaras de carrete de veinticuatro que solíamos gastar nada más bajar del avión sin ahorrar disparos para el segundo día. Hoy es diferente, cualquier móvil tiene memoria para miles de fotos… Pero derramé el café sobre el mío y su beso seguía allí.

En mi caso, para olvidar aquella historia que duró un suspiro y de repente se había vuelto a instalar dentro de mí, había hecho de todo, pero no había forma de olvidar por completo aquellos días. Por momentos, pensé que simplemente había sucedido en la soledad de mi mente, pero aquella caja de zapatos escondida en el fondo del armario me recordaba cada billete de metro usado, cada entrada de cine, cada servilleta de bar con un Te quiero escrito, cada café frío en el centro, cada una de las palabras que no supe decir... Como si aquel suspiro hubiese durado una eternidad y no sólo 33 días y 33 noches... Entonces sí que eché de menos mi móvil y sus mil maneras de hacerme no pensar.

Que arrancara de nuevo el metro fue una salvación. Mi cabeza quería escapar, pero en Usera no hay transbordos. Paseé mis ojos por todo el vagón buscando cualquier cosa que me mantuviera entretenida unos instantes. Huyendo de un incómodo cruce de miradas que yo misma había empezado, encontré junto al freno de emergencia un poster con un fragmento literario que decía: Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío. No tuve oportunidad de leer más, esa era mi parada.

Bajé corriendo cuando las puertas estaban a punto de cerrarse con una sensación extraña; por un lado, el arañazo que me había dejado el poema de Cernuda y, por otro, una extraña intuición de que alguien me seguía con su mirada durante todo el trayecto de metro. Ese día en el trabajo me lo pasé entero como desubicada, dándole vueltas a la escena de mi desayuno, a mi extraño viaje, a lo versos releídos miles de veces en la adolescencia... Como una visitante en un cuerpo que no era el mío. Decidí salir un poco antes de la oficina para disfrutar de la frescura de la tarde y, de nuevo, el accidentado destino sufrido por mi móvil me estrelló de lleno con cosas que estaban en mi camino diario y de las que no me había dado cuenta aún...

 Pensaba que era una persona muy viva, pues siempre estoy haciendo alguna cosa. Más bien, siempre estoy haciendo muchas cosas. Hoy no lo tengo tan claro. En mi camino, me senté a observar en un banco el pasear de la gente.

- Hola.

- (...)

- Hola, ¿qué tal estás?

- ¿Eh?

- ¿Qué tal estás?

- Bien.

- Cada día te veo descender el mismo vagón de metro en Usera sin mirar apenas dónde caminas ¿por qué siempre vas tan rápido?

- Oiga y a usted… ¿qué le importa mi vida?


 Me quedé totalmente parada y sin saber reaccionar ante aquellas “amenazantes” palabras de un anciano de unos 80 años. Me levanté y seguí mi camino. A los pocos pasos, me sentí avergonzada. Me parece mentira haber reaccionado así. Si eso es lo que hay dentro de mí, no me conozco.

Avancé unos pasos retomando mi camino a casa, pero me sentía tan mal y tan fuera de mí que decidí retroceder hasta el banco para disculparme por mi comportamiento, por esas palabras y ese tono que no era propio de mí. Seguí caminando metida en mis pensamientos hasta que un olor antiguo me asaltó y me inundó al completo. Se arremolinaron en mi cabeza miles de recuerdos como una película muda que avanzaba muy deprisa hasta marearme. En aquél banco que acababa de dejar estaba él...

- ¿Crees en el destino? – le dije. – Hoy quise escribirte, pero se me rompió el móvil.


- No hubiera podido leerlo, derramé el café sobre el mío. 
 

 

PABLO ARRIBAS y NOEMÍ VICO

 

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