domingo, 21 de septiembre de 2014 0 comentarios

Miedo escénico



Quizá nos esté empezando a pesar demasiado
esto de ir acumulando tanta tristeza;
o quizá padezcamos
ese síndrome de Diógenes actual,
donde nuestros políticos
dejan sus bolsas de la basura
en la entrada de nuestra puerta.

Quizá, simplemente, nos estemos quedando sin ganas
y se nos esté empezando
a notar en la voz;
o quizá sea este gélido diciembre,
que empieza a parecerse a dormir con un iceberg
atándose los zapatos
a los pies de nuestra cama.

Pero venía a contarte
que ya he visto en otro lugar esos ojos,
y no fue muy lejos de aquí.
Que prefiero que me digas
que tienes miedo de no estar a la altura,
a que me digas:
“acabo de llegar a la cumbre de aquel sitio
y creo que debería haber estado un poco más alta”.
Que la primavera no deja de ser
un jardín lleno de flores de un día,
que no saben ni aceptan morir;
y que tengo grabadas todas las hojas de este otoño
para que puedas ver, de verdad,
lo que es caer con estilo;
y que guardo el frío embotellado
para brindarte el invierno
que está por venir.

Quizá todo esto
no te parezca gran cosa,
pero entiendo
que se puede también:

morir de ganas
y matar de placer.

Y si es por ti,
hasta vivir en el intento.


SEAN RODRÍGUEZ


video
Fuente del vídeo: Youtube

sábado, 20 de septiembre de 2014 3 comentarios

No te enamores de una mujer que lee...


 
No te enamores de una mujer que lee, de una mujer que siente demasiado, de una mujer que escribe...
 
No te enamores de una mujer culta, maga, delirante, loca. No te enamores de una mujer que piensa, que sabe lo que sabe y además sabe volar; una mujer segura de sí misma.
 
No te enamores de una mujer que se ríe o llora haciendo el amor, que sabe convertir en espíritu su carne; y mucho menos de una que ame la poesía (ésas son las más peligrosas), o que se quede media hora contemplando una pintura y no sepa vivir sin la música.
 
No te enamores de una mujer a la que le interese la política y que sea rebelde y vertigue un inmenso horror por las injusticias. Una a la que no le guste para nada ver televisión.
 
Ni de una mujer que es bella sin importar las características de su cara y de su cuerpo.
 
No te enamores de una mujer intensa, lúdica, lúcida e irreverente.
 
No quieras enamorarte de una mujer así. Porque cuando te enamoras de una mujer como esa, se quede ella contigo o no, te ame ella o no, de ella, de una mujer así, jamás se regresa...


MARTHA RIVERA-GARRIDO
viernes, 12 de septiembre de 2014 0 comentarios

En jaque

 
En jaque
a fin de cuentas no ha pasado nada del otro mundo. Sólo
que habrá que tirar algunas fotos
borrar algunos correos y quitar los eseemeeses.
 

Porque en fin desde el principio estaba claro
que aquello no iba a salir bien. Y quizá por eso
ahora duele tanto este vacío, este vacío de nada.
 

Pero finalmente el tiempo lo cura todo. Y dentro de
un tiempo resultará que eres capaz de pasar indiferente
por todos esos lugares en los que ahora se ha detenido el tiempo.
 

Y al final aprenderás que se puede recibir sin dar
faltar a la verdad mirando profundamente a los ojos
estar con alguien y poder abandonarlo en cualquier momento.
 

Pero por qué llamar a eso madurar, si
hasta los niños saben que sólo se ama una vez
y que la verdadera amistad dura toda la vida.

MARTA ELOY CICHOCKA





lunes, 8 de septiembre de 2014 1 comentarios

Eso fuimos



Fuimos mentira
en el campo de batalla,
como quien besa
con pasión
labios falsos en su almohada.

Fuimos miedo
en los momentos finales,
como un aviador
japonés
al que le han explicado qué es ser un kamikaze.

Fuimos tropiezo
al borde del precipicio,
y quise evitar
la caída
colocando piedras en mitad de nuestro camino.

Fuimos fugaces,
tormentas de verano,
lluvia pasajera
que apenas moja el suelo
y se evapora antes de haberla pisado.

Eso fuimos tú y yo,
ocaso de la jornada,
vela que se apaga
sin soplar
antes de pedir el deseo de la tarta.
CÉSAR ULLA

sábado, 30 de agosto de 2014 2 comentarios

De esas mujeres...




Ella era de esas mujeres
que no protagonizan fotos de revistas,
tal vez una cámara no fuera capaz
de traducir las mil tonalidades de su mirada,
el millón de palabras que escondían sus ojos,
la temperatura exacta de sus labios
o el sonido de aquellos susurros
que provocaban guerras...

Ella era de esas mujeres
que no protagonizan fotos de revistas,
pero yo le hubiera dedicado
miles de portadas a su trasero
porque caminar detrás de ella
era ir poniéndole su nombre a todas las calles,
era cambiar el paisaje de Madrid
para dejar sólo sus letras...

Ella era de esas mujeres
que no protagonizan fotos de revistas,
quizá por las ojeras que le salieron
por querer arreglar el mundo,
o tal vez por esa arruga en la frente
por un desamor,
puede ser por la cicatriz de su rodilla
por negarse a bajar de sus tacones...

Ella era de esas mujeres
que no protagonizan fotos de revistas
porque prefieren protagonizar... VIDAS

NOEMÍ VICO GARCÍA


martes, 26 de agosto de 2014 1 comentarios

100 años con Cortázar



 

Hoy se cumplen 100 años del nacimiento de uno de los mejores escritores de la historia de la literatura, alguien que marcó una revolución a partir de los años 50. Argentino nacido en Bruselas en plena Guerra Mundial y, tras vivir en diferentes países, decidió tomar la nacionalidad francesa en protesta por la política argentina.
 
Sus relatos le hicieron famoso aunque también escribió grandes tesoros de poesía en prosa y verso. Entre sus obras, podemos citar la increíble Rayuela, Historias de cronopios y de famas, Último round, Bestiario, entre otros.
 

 
UNA CARTA DE AMOR

 
Todo lo que de vos quisiera
es tan poco en el fondo
porque en el fondo es todo

como un perro que pasa, una colina,
esas cosas de nada, cotidianas,
espiga y cabellera y dos terrones,
el olor de tu cuerpo,
lo que decís de cualquier cosa,
conmigo o contra mía,

todo eso es tan poco
yo lo quiero de vos porque te quiero.

Que mires más allá de mí,
que me ames con violenta prescindencia
del mañana, que el grito
de tu entrega se estrelle
en la cara de un jefe de oficina,

y que el placer que juntos inventamos
sea otro signo de la libertad.
 

HAPPY NEW YEAR

Mira, no pido mucho,
solamente tu mano, tenerla
como un sapito que duerme así contento.
Necesito esa puerta que me dabas
para entrar a tu mundo, ese trocito
de azúcar verde, de redondo alegre.
¿No me prestás tu mano en esta noche
de fìn de año de lechuzas roncas?
No puedes, por razones técnicas.
Entonces la tramo en el aire, urdiendo cada dedo,
el durazno sedoso de la palma
y el dorso, ese país de azules árboles.
Asì la tomo y la sostengo,
como si de ello dependiera
muchísimo del mundo,
la sucesión de las cuatro estaciones,
el canto de los gallos, el amor de los hombres.



LA MUFA

Vos ves la Cruz del Sur,
respirás el verano con su olor a duraznos,
y caminás de noche
mi pequeño fantasma silencioso
por ese Buenos Aires,
por ese siempre mismo Buenos Aires.
Quizá la más querida

Me diste la intemperie,
la leve sombra de tu mano
pasando por mi cara.
Me diste el frío, la distancia,
el amargo café de medianoche
entre mesas vacías.

Siempre empezó a llover
en la mitad de la película,
la flor que te llevé tenía
una araña esperando entre los pétalos.

Creo que lo sabías
y que favoreciste la desgracia.
Siempre olvidé el paraguas
antes de ir a buscarte,
el restaurante estaba lleno
y voceaban la guerra en las esquinas.

Fui una letra de tango
para tu indiferente melodía.

 
BOLERO
 
Qué vanidad imaginar
que puedo darte todo, el amor y la dicha,
itinerarios, música, juguetes.
Es cierto que es así:
todo lo mío te lo doy, es cierto,
pero todo lo mío no te basta
como a mí no me basta que me des
todo lo tuyo.

Por eso no seremos nunca
la pareja perfecta, la tarjeta postal,
si no somos capaces de aceptar
que sólo en la aritmética
el dos nace del uno más el uno.

Por ahí un papelito
que solamente dice:

Siempre fuiste mi espejo,
quiero decir que para verme tenía que mirarte.

Y este fragmento:

La lenta máquina del desamor
los engranajes del reflujo
los cuerpos que abandonan las almohadas
las sábanas los besos

y de pie ante el espejo interrogándose
cada uno a sí mismo
ya no mirándose entre ellos
ya no desnudos para el otro
ya no te amo,
mi amor.

 

CASA TOMADA

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno
y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.


Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

-¿Estás seguro?

Asentí.

-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

-No está aquí.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.


Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:

-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.

-No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.





 



lunes, 25 de agosto de 2014 0 comentarios

Sueño


Hoy has vuelto a mirarme
con esos ojos tuyos de mi infancia
que me han amado tanto.

No podía tocarte.

Son complejos los sueños.

Lloraba la certeza de que todo acababa.

Conocía el final
y los ojos que estaban frente a mí
no temblaban de miedo al ver mi llanto.

Me miraban tranquilos,
no se desconcertaban,
clavaban su ternura en mi fragilidad
y en su honda distancia
no querían sellar la despedida.

Me persiguen tus ojos,
no sé si están en mí
o si quieren decirme que el sueño ha terminado.

FERNANDO VALVERDE


jueves, 21 de agosto de 2014 0 comentarios

5 Microcuentos de Mónica Carrillo




Muchas noches, desde la cama, he disfrutado de los microcuentos de MÓNICA CARRILLO en Twitter. Como yo, miles de seguidores, disfrutamos del regalazo de su libro La luz de Candela, una novela de amor complicado en la que describen de forma magistral cada una de las emociones y cada uno de los "desgarros" de una relación que te destroza la vida.
 
Esas veces que uno se embarca en relaciones imposibles de las que es prácticamente imposible salir ileso...
 
***
 
Olvidé que para quererte bien tenía que
enamorarme de mí antes.
 
***
 
- Te voy a querer siempre
- ¿Esto no es demasiado?
- Tienes razón. Te querré casi siempre
Toda la vida, pero no todo el tiempo
 
***
 
Esa manía tuya de salir corriendo
Esa costumbre mía de esperarte
Ese defecto nuestro de dejarnos huella
 
***
 
 
Un monosílabo. Dos letras
Cincuenta por ciento de posibilidades
Y todavía te preguntas
¿y si hubiera dicho sí?
 
***
 
Me llenaste la cabeza de recuerdos que nunca
llegaremos a vivir juntos
Y así, mirando atrás y frente al espejo
me di cuenta de que "hoy" es "yo"
Y la "h" que sobre hizo de silla para esperarme 





 
 
 
miércoles, 20 de agosto de 2014 0 comentarios

Elogio del estar


Dulce es morir a veces de tu cuerpo,
dulce resucitar en tu mirada.

Dulce el crujir de la luz que abre las horas,
dulce la espera, dulces los estambres
que reparte tu mano tibiamente. Apenas
hace falta decirlo. quizá sólo
depositar las palabras en el quicio
de una ventana, donde las encuentres.

En definitiva: muy rico soy de ti,
hay música en el aire y en la cama,
todo valió la pena.

JORGE RIECHMANN


jueves, 14 de agosto de 2014 1 comentarios

El amenazado


Es el amor. Tendré que ocultarme o huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz.
La hermosa máscara ha cambiado,
pero como siempre es la única.
¿De qué me servirán mis talismanes:
el ejercicio de las letras,
la vaga erudición
el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte
para cantar sus mares y sus espadas,
la serena amistad,
las galería de las bibliotecas
las cosas comunes,
los hábitos
el joven amor de mi madre,
la sombra militar de mis muertos,
la noche intemporal,
el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo,
es la medida de mi tiempo.

Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente,
ya el hombre se levanta a la voz del ave,
ya se han oscurecido los que miran por la ventana,
pero la sombra no ha traído la paz.
Es ya lo se, el amor:
la ansiedad y el alivio de oír tu voz,
la espera y la memoria
el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías,
con su pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos que cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto)
El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.

JORGE LUIS BORGES
 


 


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